El día de la explosión

Hacía muy poco que el volcán había entrado en erupción. Allí estuve esa misma noche, tras estar toda la vida esperándolo.

Unos días después decidí ir a pasar todo el día observando y sintiendo al extraño.

No sabía si estaba permitido y tomé algunos atajos para evitar controles de policía. Así llegué a Los Llanos.

La ceniza comenzaba a ser molesta, estaba por todas partes en el lado oeste de la isla. Los medios de comunicación avisaban de los peligros de respirarla o en los ojos y la piel. A mi entender exageraban un poco.

Los Llanos parecía otra ciudad: gris, medio desierta, con sonidos indescriptibles de fondo y cada cierto tiempo explosiones.

Decidí comer algo y comprar provisiones para el resto del día. Me dirigí al centro y pedí un bocadillo y un café. Habían pocas personas, en su mayoría periodistas extranjeros. El camarero no escondió su malestar y reprendió mi curiosidad como falta de respeto hacia el dolor de los vecinos. Le respondí lo mejor que pude, sin sentir en ningún momento que no debería estar allí.

Desayuné «normalmente» envuelta en esa atmósfera de guerra. Explosiones a lo lejos de vez en cuando, serenando ceniza, silencio y ruido a la vez.

Me dirigí a una montaña cercana donde mi hermana me había recomendado ir por sus buenas panorámicas. Aparqué el coche en el primer lugar donde se veía el «espectáculo», cerca de unos edificios. Ahí podría haberme quedado todo el día, aunque dentro del coche, por la lluvia seca constante. A veces, se oían crujir los cristales de las ventanas casi al unísono con las explosiones del volcán.

De repente todo se movió: terremoto, explosión, ruido, cristales…me pilló desprevenida cogiendo un paquete de papas fritas. Salté del asiento, corazón a mil.

Llamada de mi hermana: «¿Lo sentiste?»

«¿Qué si lo sentí? ¡Casi me caigo!

«Sube, estamos todos en lo alto de la montaña»

Me pareció buena idea alejarme de los cristales y de las casas. Arriba había bastante gente y se veía aún mejor. Estuve un rato con ellos y cuando se fueron me acomodé bajo un toldo y en una silla, al lado de un amigo, que casualmente trabajaba de cámara en la televisión que seguía el volcán en directo las 24 horas.

Hablamos de lo surrealista de la situación, anécdotas, chistes, nos preguntamos dónde estábamos y qué estábamos haciendo en el momento que supimos que comenzó el volcán. Contábamos los segundos entre una lengua de lava grande y el sonido al llegar a nuestros oídos, y calculamos la distancia aproximada en kilómetros.

Otra gran explosión, esta fue tan fuerte que volvió el estruendo en forma de eco al retumbar en las montañas de atrás. La ceniza no paraba de caer. Así pasó el tiempo, intenso, de esos que no se olvidan, pero no imaginaba lo que sucedería después.

Parecía que se había calmado el volcán y decidí volver sobre la una de la madrugada. Cogí el coche, puse música y cuando iba por la curva de la antigua fábrica de tabaco todo se lleno de fuego, una gran explosión, como la traca final de unos fuegos artificiales, pero reales. Remolinos de viento y piroclastos movieron el coche por la carretera desierta.

¡No me asusté! ¡me emocioné! Unos segundos después de ver que no me pasó nada, retomé la carretera para buscar un lugar donde ver lo que había pasado.

Me sentía como Indiana Jones. Más viva que nunca.

Uno poco más adelante encontré un lugar donde podía ver el volcán y llamé a mi hermana: «¿¡Qué pasó con el volcán?!, ¡acaba de explotar!», ella ya había llegado a su casa y no sabía de qué le estaba hablando. Le pedí que encendiera la tele. No vió nada demasiado intrigante, aunque sí se veía el volcán más iluminado de lo normal. Pero no había nadie explicando lo que había sucedido.

Salí del coche y caían piedras del cielo. Piedras ligeras, pero tuve que volver a entrar. El volcán estaba precioso. Me quedé observándolo más tiempo del que esperaba porque no estaba claro que podía estar allí curioseando y se acercaban unos coches de policía y una patrulla de pobres hombres limpiando inútilmente una carretera donde caían piedras y ceniza sin parar. Cuando terminaron de pasar, como una hora después, era el momento de volver a casa.

Aluciné por el camino recordando «el día de la explosión».

Cuando llegué al este de la isla, donde vivo, al salir del coche pensé: «¡qué alivio, aire sin ceniza!». Y en ese mismo momento entró una ceniza en mi ojo.

Al día siguiente la ciudad amaneció cubierta de cenizas por primera vez y un precioso mensaje en el suelo delante de casa: «TODOS CON LA PALMA»

Todos con La Palma