Después de tantos años te sigo deseando. Todos los días, menos uno, después de treinta años, comparto contigo mi vida, igual que tu esposa pero en situaciones diferentes.
Tú conoces mi humor, mis subidas y bajadas, aunque parece que no te importan los sentimientos, los ves, los sientes, te los transmito con mi existencia.
Nuestros amores, ya casi olvidados tras las canas y las ganas de jubilarnos, nos hablan de dejar de repetir esta historia una y otra vez, nos hacen dudar de si lo hemos hecho bien o mal.
Bien por limitar la pasión para conservar el saber estar y conservar así nuestro eterno trabajo, estable como pocos.
Mal por desperdiciar nuestra vida entre platos y vinos, entre madrugones e hijos y no haber exprimido nuestro amor hasta desgastarlo o convertirlo en eterno.
Tu mirada, ausente y más que corta, no puede ocultar nuestra vida en común y nuestra inevitable disolución laboral y sentimental.
Dos seres atrapados en la cordura del salario mensual y la prometida jubilación que destruirá nuestra rutina contenida.
